La ciudad aprende a construirse con lo que ya tiene
Reciclar hormigón dejó de ser un gesto simbólico. Tres plantas ya devuelven árido a la obra y los números empiezan a cerrar antes que el discurso.
En Coronel, una planta que hasta hace tres años solo recibía escombros hoy despacha árido reciclado con ficha técnica propia. No es la única: otras dos plantas en la Región Metropolitana siguieron el mismo camino en los últimos dieciocho meses.
El cambio no partió por una exigencia ambiental. Partió por precio. El árido natural subió de valor a medida que las canteras más cercanas a los centros urbanos se agotaron, y el reciclado —que hasta entonces cargaba con una fama de “material de segunda”— empezó a competir en igualdad de condiciones.
La norma llegó después, no antes
La certificación técnica que hoy exigen los mandantes públicos se redactó recién este año, cuando ya había proyectos privados usando árido reciclado en obra gruesa sin ella. La industria, en este caso, se adelantó a la regulación.
No estamos reciclando por convicción, estamos reciclando porque el árido nuevo ya no compite en precio.
El siguiente paso, dicen en las tres plantas consultadas, es que el árido reciclado deje de tratarse como sustituto y empiece a especificarse por nombre propio en los proyectos.